Ramón Carrillo: un barrio decidido a cambiar una historia de abandono y degradación ambiental

Tras casi treinta años de su construcción, y a la luz de los graves problemas habitacionales y del riesgo de la presencia de contaminantes en el suelo y el agua, la cátedra de Química Analítica de la FAUBA fue designada para realizar los estudios necesarios para determinar las condiciones ambientales del vecindario.

Desde el 2004, el barrio Ramón Carrillo se encuentra en juicio con el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para que este realice las obras de urbanización correspondientes para garantizar la salud de sus habitantes.

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(SLT-FAUBA) La historia del barrio Ramón Carrillo, hoy ubicado en Villa Soldati, no comienza en Ramón Carrillo, sino en la Paternal, allá por 1951. Ese año, el gobierno de Juan Domingo Perón planificó la obra de lo que sería el Hospital de Pediatría más importante de América Latina. La monumental obra incluía cuatro edificios de alrededor de diez pisos cada uno, que estarían ubicados en un predio de diecinueve hectáreas sobre la avenida Warnes, entre Constituyentes y Chorroarín. Resulta una extraña coincidencia el hecho de que esta historia comience tan cerca de la Facultad de Agronomía de la UBA, la misma que, casi setenta años después, realizaría los estudios para determinar las condiciones ambientales del actual lugar de residencia de quienes, en otra época, vivieron apenas a la vuelta de la facultad.

De los cuatro edificios proyectados se construyeron solamente dos. En 1955, la Revolución Libertadora paralizó esa y todas las obras planificadas por el gobierno depuesto. A partir de entonces, los edificios quedaron abandonados y poco a poco se fueron transformando en la vivienda de familias pobres, de personas sin techo. Durante veintiún años, aquellos dos gigantes fueron el hogar de más de seiscientas familias bajo las condiciones más precarias: sin agua corriente, sin electricidad, sin cloacas. Sin siquiera ventanas. Así fue como el hospital de niños que nunca fue devino en el albergue Warnes.

Entre 1955 y 1990, las y los ocupantes del albergue Warnes habitaron los edificios en las condiciones habitacionales más precarias. Foto: Carlos Angrigiani/APU.

Mientras tanto, los Etchevarne, la familia a la que le había sido expropiado el predio para construir el sanatorio, había estado realizando gestiones para que el predio le fuera devuelto. Y, finalmente, lo logró: en 1975, la Corte Suprema de Justicia de la Nación sentenció al estado argentino a devolver el predio en óptimas condiciones: sin edificios ni personas.

El karma de vivir al sur

La historia de Villa Soldati, desde sus comienzos, ha estado signada por la pobreza y la degradación ambiental. Los primeros habitantes fueron inmigrantes del interior y del exterior, trabajadores precarizados, cartoneros. Personas desposeídas que buscaban una tierra barata en donde asentarse y trabajar. Y en Villa Soldati la encontraron. Por aquellos años, el nivel de urbanización del barrio era prácticamente nulo y también lo era la presencia del estado. Predominaban las viviendas de chapa, cartón y madera construidas por los mismos pobladores que iban llegando a la localidad.

A partir de los años treinta, el estado comenzó a hacerse más presente. Fue una época de grandes construcciones viales, como el Puente Avellaneda en 1935, el Puente La Noria en 1941 y la General Paz, concluida en ese mismo año. Por entonces, también comenzó a proyectarse el entubamiento del arroyo Cildáñez, uno de los grandes causantes del drama de los vecinos de Soldati. El arroyo Cildáñez era conocido por los pobladores como “el arroyo de la sangre”: por sus aguas corrían los desechos industriales de todos los mataderos de la zona, con devastadoras consecuencias ambientales y sanitarias.

Sin embargo, fue La Quema la que produjo el mayor impacto en Villa Soldati. La Quema, instalada en 1936, era un vaciadero a cielo abierto de residuos urbanos. En una época en que la conciencia ambiental era escasa y Buenos Aires crecía a pasos agigantados, a Villa Soldati le tocó en suerte convertirse en el basurero de la capital. De pronto, comenzaron a aparecer largas hileras de camiones cargados de basura destinada a relleno e incineración y, a partir de entonces, el barrio ya no fue el mismo.

Desde 1936, el predio que hoy ocupa Ramón Carrillo fue utilizado como basural. Esto acarreó graves problemas ambientales y sociales. Foto: Archivo General de la Nación (1942).

Fuego contra fuego

Los años de La Quema, recuerdan algunos pobladores de Soldati, fueron muy duros. De todos los barrios de la capital, el suyo había sido reducido a un vertedero. Aquel basural no solo agudizó la degradación ambiental del barrio, sino que también implicó un fuerte estigma social. El desborde de basura y la invasión de moscas y ratas era más que un foco de infecciones. Era, sobre todo, el peor de los agravios.

Pero el basural también se convirtió en el medio de subsistencia de muchas personas. En efecto, a su alrededor floreció un negocio de reciclaje de materiales que prosperó a pasos agigantados. Así, fueron construyéndose precarios asentamientos, viviendas y galpones en torno a la montaña de basura que pronto devinieron en villas de emergencia. Como la contracara del estigma de muchos pobladores de Villa Soldati, los nuevos habitantes se apropiaron de La Quema con orgullo. Ellos eran Los Quemeros y La Quema les daba un hogar, un trabajo y una identidad.

La Quema funcionó como vertedero hasta 1978. Entonces, el gobierno de facto ordenó el cierre del basural y la construcción de espacios verdes: se construyeron el polideportivo Parque Roca, el Parque Indoamericano y el Parque de la Ciudad. Nuevamente, este vuelco en la historia vino cargado de contrasentidos: para muchos habitantes de Soldati esto era una conquista, una reivindicación de su lucha. Para otros, en cambio, fue la pérdida de su casa, su trabajo y, en muchos casos, de su vida. Porque la dictadura militar también se dedicó a perseguir a Los Quemeros con el afán de exterminarlos. Sea como fuere, la clausura de La Quema tenía un marco ideológico basado en la ‘limpieza social’ y la ‘ciudad verde’ que nada tenía que ver con dar respuesta a demandas sociales o con solucionar problemas ambientales.

El nuevo hogar

¿Qué tienen en común las historias del albergue Warnes y de Villa Soldati? La respuesta tiene nombre y apellido: Ramón Carrillo. El médico y científico que fue el primer Ministro de Salud Pública de la Argentina y que participó del proyecto de hospital que luego derivó en el Warnes, hoy le da nombre a un barrio atravesado por problemas ambientales y sanitarios que ponen a sus habitantes en una situación de riesgo y vulnerabilidad.

Entre el 7 y el 9 de diciembre de 1990, los habitantes del Warnes fueron trasladados a sus nuevas viviendas en Ramón Carrillo. Posteriormente, el 16 de marzo de 1991, los edificios del albergue Warnes fueron demolidos y el predio fue devuelto a la familia Etchevarne. Foto: La Nación

El barrio Ramón Carrillo está delimitado por las Avenidas Mariano Acosta, Castañares, Lacarra (posteriormente AU7) y la calle Somellera. Fue construido en 1990 por la Municipalidad de Buenos Aires y por intermedio de un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El propósito era dar solución a la crisis habitacional de los ocupantes del Warnes, otorgándoles la posibilidad de tener una casa propia en condiciones dignas.

Todo proceso de relocalización es traumático. Y pese a que las condiciones de vida de los habitantes del Warnes eran deplorables, la mudanza significó para ellos un gran desarraigo. Entre el 7 y el 9 de diciembre de 1990, las 646 familias del albergue fueron forzosamente trasladadas a sus nuevas viviendas en el flamante barrio Ramón Carrillo. A partir de entonces, la historia del barrio cobró vida propia: si bien no hay un censo único y preciso, se estima que allí habitan diez mil personas pertenecientes a alrededor de dos mil quinientas familias. Y, junto con el crecimiento demográfico y en total ausencia del estado, las construcciones no planificadas comenzaron a proliferar.

Una amenaza latente

Ya por los primeros años comenzaron a alzarse algunas voces denunciando las deficiencias edilicias y los niveles de contaminación en el recién estrenado complejo habitacional. En efecto, según el “Informe N° 1 Barrio Ramón Carrillo”, elaborado por la Defensoría General de la Ciudad: “Se registra un insuficiente y colapsado sistema de cloacas con permanentes desbordes de afluentes a las calles; anegamiento los días de lluvia; falta de pavimento y veredas; falta de alumbrado público; falta de acceso a agua para consumo humano; contaminación por basura y otros materiales de los terrenos y falta de espacios públicos y verdes adecuados”. Todos estos problemas tienen larga data y persisten en la actualidad.

Las denuncias se fundamentaron en el hecho de que el barrio fue construido apresuradamente, en apenas 90 días, y sin el respaldo de los estudios ambientales correspondientes por ser aquel un suelo de relleno y un vertedero de desechos industriales. A raíz de esto, se realizaron algunos estudios toxicológicos en niñas y niños para determinar la presencia de plomo y otros metales en sangre, sin obtener resultados concluyentes.

Martha Bargiela, Profesora Adjunta de la cátedra de Química Analítica de la FAUBA, fue designada como coordinadora técnica del estudio ambiental de Ramón Carrillo.

Juicio de por medio, desde el 2004 comenzó una lucha entre la comisión vecinal “Perfil para el Cambio” y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para que este hiciera las obras correspondientes para subsanar los problemas edilicios del barrio, como la falta de alumbrado público o de cloacas. Y, también, para que hiciera los estudios ambientales que determinaran el tipo y grado de contaminación. El gobierno no completó las obras ni los estudios. Pero, a finales del año 2015, la Defensoría General de la Ciudad propuso que los estudios ambientales y toxicológicos fueran llevados a cabo por la Universidad de Buenos Aires. Fue entonces cuando la cátedra de Química Analítica de la Facultad de Agronomía (FAUBA), con Martha Bargiela como coordinadora técnica, quedó a cargo del estudio ambiental.

La FAUBA entra en acción

Bargiela relata los comienzos de la investigación: “Nosotros utilizamos como referencia el proyecto ambiental que había presentado el gobierno y además seguimos las normas ISO e IRAM para la toma de muestras. A partir de eso teníamos que definir qué cátedras y qué laboratorios podían participar del estudio. En nuestra cátedra analizamos metales pesados, pero los estudios de contaminantes orgánicos, como hidrocarburos y compuestos orgánicos volátiles, se hicieron en laboratorios externos a la facultad. Inmediatamente después de mandar el presupuesto, comenzamos a hacer la toma de muestras superficiales. Lo interesante de esto fue que estudiantes de la Licenciatura en Ciencias Ambientales trabajaron en la diagramación del muestreo y en el análisis de las muestras, y pudieron ver el proceso de un estudio ambiental en una zona urbana desde el principio hasta el final”.

Bargiela: “Lo interesante de esto fue que estudiantes de Ciencias Ambientales pudieron ver el proceso de un estudio ambiental en una zona urbana desde el principio hasta el final”.

Realizar un estudio ambiental en un área urbana no es tarea fácil. “Acá tuvimos que tomar las áreas de medida en una zona edificada. Si bien teníamos espacio para movernos, las casas han entrado sobre las veredas, la presión demográfica es muy grande, hay casas de hasta cuatro pisos, y eso dificultó el trabajo. Este año, comenzamos con el estudio en profundidad, en conjunto con la hidrogeóloga Lida Borello, de la cátedra de Riego y Drenaje (FAUBA), que hizo los estudios de los suelos. La nivelación de los freatímetros (que son perforaciones que se hacen para controlar la altura o tomar muestras de la primera napa de agua), la hizo la cátedra de Topografía de esta misma facultad. Tomamos muestras de suelos, cada un metro hasta los tres metros, y llegamos por debajo de la zona del freatímetro, hasta el fondo de laguna. Se tomaron muestras de suelo en diez puntos del barrio y se tomó agua de cinco freatímetros que hicimos nosotros y de otros tres que hizo el Gobierno de la Ciudad”. Cabe resaltar que el agua muestreada no es para consumo humano, ya que el barrio bebe de la red de AySA. Sin embargo, conocer el estado de las aguas subterráneas es de vital importancia para establecer un diagnóstico sobre las condiciones ambientales de un lugar.

La investigación en un contexto urbano

La toma de muestras fue una tarea demandante e implicó bastante infraestructura, ya que se realizaron sendas perforaciones para instalar los freatímetros. Durante la investigación se mezclaron los aspectos científicos con las tensiones sociales propias de un lugar en conflicto. Para Bargiela, la experiencia fue muy buena y el equipo siempre fue bien recibido por los habitantes del barrio. No obstante, se percibía un miedo latente que había quedado en el aire en virtud de un trauma pasado: la relocalización.

El personal de la Defensoría General de la Ciudad acompañó al equipo de investigación a lo largo de todo el proceso.

Juan Duacastella y el equipo del Programa de Hábitat de la Defensoría General de la Ciudad acompañaron a los investigadores en todo momento: desde las perforaciones hasta el muestreo. Duacastella conoce la problemática de Ramón Carrillo a fondo y sabe el significado que tendría para sus habitantes una relocalización. Así como sucedió con quienes vivieron en el Warnes, en otra época, quienes hoy habitan en barrio Ramón Carrillo se enfrentaban nuevamente a la posibilidad de un desarraigo, de ser forzados a abandonarlo todo: sus vínculos, sus trabajos, sus hogares. El barrio demandaba la solución de los problemas edilicios y ambientales. Pero una mudanza no era una solución aceptable.

Bargiela narra cómo fue el primer contacto con la gente del barrio: “Yo fui a una asamblea en donde me presentaron, ya que no solamente estábamos haciendo un estudio, nos estábamos metiendo en una zona compleja. Íbamos con pecheras de la facultad, con gente de la Defensoría y yo tuve que tener una presentación para que los vecinos vieran que nosotros no estábamos ahí para complicarles la vida. Ellos siempre nos dieron una mano y colaboraron con nosotros, porque la gente se dio cuenta de que estábamos ahí en su favor. La logística fue complicada pero allá siempre trabajamos muy tranquilos. Fue un trabajo pesado pero muy satisfactorio”.

La verdad sale a la luz

Ante la pregunta de ¿cuál es la situación más urgente que enfrenta el barrio? Duacastella y Bargiela responden lo mismo: las cloacas. O, mejor dicho, la falta de cloacas. Cuenta Duacastella que el problema es grave: “Cada vez que llueve, la red pluvial se inunda y las aguas residuales, con todos los desechos biológicos, salen a la calle y a la vereda. Eso es un foco de infecciones y genera una problemática de salud muy grave que requiere de una respuesta urgente por parte del estado”.

El último muestreo se hizo a mediados de mayo. Y los estudios están listos y ya fueron entregados al juzgado. ¿Hay, pues, contaminación? Bargiela responde: “Si bien se encontraron algunos valores aislados que podrían ser motivo de alerta, en líneas generales no hay niveles alarmantes de contaminación, ni en el agua ni en el suelo”. En cuanto a las concentraciones de metales e hidrocarburos orgánicos, la conductividad eléctrica (una medida que indica la concentración de sales en medio acuoso), el pH y los demás indicadores medidos en el estudio, la mayoría de los valores obtenidos no superan los límites fijados, sino que más bien presentan una variabilidad típicamente asociada a suelos de relleno.

Sin embargo, es necesario volver a la problemática de la red pluvial. Bargiela alerta: “Hay que atacar ese punto. Para mí el tema más complicado es el microbiológico, el relacionado con las aguas servidas (es decir, las aguas residuales de origen doméstico). Este problema tiene que ser solucionado urgentemente porque, de seguir así, la contaminación biológica va a avanzar cada vez más y puede derivar en graves problemas sanitarios y ambientales”.

Lida Borello y Christian de los Santos realizaron el muestreo de aguas subterráneas.

El rol social de la ciencia y la universidad

La participación de la FAUBA en esta investigación da cuenta de un importante rol social de la facultad: el de poder brindar conocimientos y diagnósticos certeros a problemáticas ambientales directamente relacionadas con la sociedad. El ejemplo de Ramón Carrillo es apenas uno de los focos problemáticos, en términos socioambientales, que existen en Buenos Aires.

Si bien el trabajo de la FAUBA está concluido, tanto sus investigadores, como el personal de la Defensoría y los habitantes del barrio tienen la firme intención de que sirva para intimar al gobierno a realizar las obras edilicias que le corresponde hacer. Así, la ciencia se pone al servicio de una demanda social legítima que requiere una respuesta urgente, basada en información real y objetiva. Las recomendaciones de la cátedra de Química Analítica se encuentran a disposición del juzgado y ahora es el turno del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de realizar las obras de urbanización que garanticen la salud, la seguridad y el bienestar de las y los habitantes de Ramón Carrillo.

La historia del barrio Ramón Carrillo no comienza en Ramón Carrillo. Pero la idea es que allí termine. O, mejor dicho, que ya no se vuelva a desplazar.

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