¿La soja emitirá tantos gases como el transporte?

Investigadores determinaron que de aquí a 20 años, el monocultivo de la oleaginosa en el Chaco Semiárido liberaría a la atmósfera una cantidad de dióxido de carbono equivalente al 76% de las emisiones provenientes de la combustión del sistema tranviario automotor argentino.

El Chaco Semiárido sufre una de las tasas de deforestación anual más altas del mundo. Los desmontes y las prácticas agropecuarias de la zona cambian el balance de los elementos de los ecosistemas. Una de las consecuencias es la liberación de carbono contenido en el suelo y en la biomasa en forma de dióxido de carbono que contribuye al cambio climático.

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(SLT-FAUBA) Los bosques del Chaco Semiárido, en el norte de la Argentina, sufren una tasa de deforestación anual tres veces superior al promedio mundial. Esto sucede como consecuencia de la expansión agrícola y ganadera en la región, proceso que se aceleró durante las últimas dos décadas. Estos cambios en el uso del suelo, que tienen a la soja como cultivo predominante, tienen consecuencias negativas para la sustentabilidad de los agroecosistemas. Una de ellas es la emisión de gases que contribuyen al cambio climático. Por ello, un estudio reveló que la intensificación de estas prácticas durante los próximos 20 años liberaría a la atmósfera una cantidad de dióxido de carbono equivalente al 76% de las emisiones provenientes de la combustión del sistema de transporte en la Argentina.

El cultivo de soja ocupa casi 60% de la superficie cultivada. Es la práctica con mayor impacto negativos sobre los balances de carbono de los manejos agropecuarios analizados. Foto: cortesía del investigador

Durante el periodo 1976-2015 se perdieron casi 11,5 millones de hectáreas del bosque chaqueño argentino, que se reemplazaron con pasturas y cultivos agrícolas. “Los manejos que se realizan en la zona provocan una pérdida de carbono del suelo que es fundamental para su fertilidad y otros servicios ecosistémicos. Además, cuando se sustituye la cubierta boscosa original, se libera una gran cantidad de carbono almacenado en la biomasa aérea y subterránea. Esta liberación de carbono en forma de dióxido de carbono —o CO2— intensifica el calentamiento global, ya que es un gas de efecto invernadero”, señaló Pablo Baldassini, docente del departamento de Métodos Cuantitativos y Sistemas de Información de la Facultad de Agronomía de la UBA.

“El cultivo de soja ocupa entre 50 y 60% de la superficie sembrada en la región, y en comparación con el cultivo de maíz o maíz-trigo, es el que más desbalancea las entradas y salidas de carbono del suelo. Por el lado de la actividad ganadera, también observamos que impacta de forma negativa en el balance de carbono de los suelos, ya que se utilizan altas cargas animales; es decir, un gran número de animales por hectárea”, destacó.

En su investigación, Baldassini proyectó el impacto de la continuidad de estos procesos de transformación sobre el carbono. “Por medio de una simulación a 20 años observamos que si continúa la tasa de deforestación del período 2009-2015, la salida de carbono del sistema en forma de CO2 hacia la atmósfera representará valores equivalentes al 44% de las emisiones promedio de los años 2000 al 2010 provenientes de la combustión del transporte de la Argentina. Este valor puede ascender al 76% en caso de que se duplique la tasa de deforestación”. Estas emisiones representarían entre el 15% y el 26% de las estimadas para todo el Chaco argentino en más de 100 años, entre 1900 y 2005”.

A partir de una simulación, el estudio afirmó que manteniendo la actual tasas de deforestación, la liberación de CO2 de la región representará 44% de las emisiones del sistema de transporte del país. Si se duplica, alcanzará el 76%. Imagen: segundoenfoque.com

¿Qué pasa con el carbono del suelo?

“El carbono almacenado en el suelo es un componente clave de los ecosistemas, ya que interviene en la provisión de distintos servicios como el secuestro de carbono, la regulación climática, el control de la erosión y el mantenimiento de propiedades físicas, biológicas y químicas del suelo. Por eso, es fundamental que exista un balance positivo entre las entradas y las salidas de carbono en el ecosistema”, explicó el investigador.

Baldassini señaló que se puede revertir la situación de pérdida masiva de carbono planificando las rotaciones y las fertilizaciones, en el caso de la agricultura, y moderando la carga animal en los sistemas pastoriles

No obstante, Baldassini señaló que las prácticas agrícolas y ganaderas que aumentaron su superficie redujeron la ganancia de carbono con respecto al bosque original. En la misma línea, afirmó que, a pesar de que las rotaciones trigo-maíz o sólo maíz mostraron ganancias de carbono similares a las del bosque, también determinaron un balance negativo, ya que se cosecha 45% de lo que produce. “Estas menores ganancias de carbono reducen el carbono orgánico del suelo. No observamos prácticas actuales de manejo agrícola que permitan mantener sus niveles”.

“Si queremos revertir esta situación se deben planificar mejor las rotaciones y las fertilizaciones, en el caso de los cultivos. Por el lado de las pasturas, es posible mantener y hasta incrementar el carbono del sistema con una carga baja o moderada”, indicó el docente.

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