¿Los sistemas de producción ancestrales fueron sustentables?

Raúl Lavado, profesor titular consulto de la FAUBA, analiza más de 2000 años de agricultura europea.

"Las demandas alimenticias de la población no se arreglan mirando para atrás ni con biosoluciones mágicas", dice Lavado, tras el seminario que brindó en el Instituto de Investigaciones en Biociencias Agrícolas y Ambientales (INBA). Foto: Luos Pozzi

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(SLT-FAUBA) La agricultura comercial moderna ejerce gran presión sobre el medio ambiente. Estos sistemas de producción despliegan un gran abanico de tecnologías que abarcan la genética, agroquímicos y fertilizantes, así como maquinaria y mercados estandarizados. Frente a este panorama, se han difundido alertas acerca de la sustentabilidad de la aproximación actual y sus riesgos. Como consecuencia, en el mundo se registra un creciente cambio de paradigma respecto a la agricultura, que va pasando de ser la actividad bendecida por la divinidad porque provee alimentos al ser humano, a ser una actividad contaminante como la industria y la minería.

Este nuevo paradigma está asociado a un aumento progresivo de población urbana que no conoce cómo se producen los alimentos y, peor aún, no concibe su insuficiencia, porque los alimentos “están en las góndolas”. Así, se han ido proponiendo diferentes alternativas productivas, con mayor o menor nivel de racionalidad. Una de ellas es el replanteo de sistemas de producción antiguos, que se pueden englobar en el término “ancestrales”. Frente a esta apuesta, la pregunta a responder es: ¿Estos sistemas fueron realmente sustentables?

Analizaremos la agricultura ancestral de gran parte de Europa, cuya evolución puede consultarse con información fidedigna, documentada desde hace más de dos mil años.

La mayor parte de Europa se cubrió de hielo durante las últimas glaciaciones y, cuando cedieron, se cubrió en forma prácticamente total por bosques. La especie humana fue ocupando el continente a medida que los hielos se retiraran. Inicialmente se fue desarrollando una agricultura trashumante y, finalmente, se fueron estableciendo. El continente se fue poblando con los descendientes de los primeros pobladores y con los que fueron llegando en sucesivas oleadas.

La agricultura fue lentamente desarrollándose hasta que a fines de los tiempos romanos se llegó a un sistema de producción que podemos denominar “Medieval”, entre el siglos IV y XVI, compuesto por tres componentes: un área agriculturizada (donde se hacía trigo, cebada, avena y otros cultivos), una zona con pastos y malezas donde estaba el ganado, y el bosque.

Este sistema de producción se caracterizaba por bajos rendimientos y baja producción de cultivos, baja proporción de la producción que se exportaba desde el campo a la ciudad, una proporción media de recuperación de excretas y otros residuos en el campo y, por último, bajos ingresos de nutrientes desde otras áreas (compra de forraje, alimentos, etc).

La producción de granos en la rotación de las áreas agrícolas y de pastos no era sustentable ya que se perdían nutrientes del sistema (existe abundante documentación al respecto), pero pasaba a ser sustentable intercambiando los bosques circundantes con las áreas de cultivo.

Este sistema era sustentable, pero se basaba en la existencia de poca población, lo cual está determinado por una baja tasa de crecimiento vegetativo causada a su vez por una alta tasa de mortalidad, sumado a un corto lapso de vida de la población y las posibilidades de migraciones a otras tierras no ocupadas, así como un muy bajo nivel de vida.

La población siguió creciendo y a partir del año 1000 comenzó a aumentar el número de habitantes en las ciudades, donde lentamente comenzó a mejorar el nivel de vida. En este contexto de lento pero inexorable aumento de la demanda de alimentos en cantidad, calidad y variedad, el sistema de producción comenzó a perder sustentabilidad. El resultado fue que se incrementaron las áreas de cultivo a costa de los bosques. De tal manera, la pérdida de bosques siguió creciendo. Otro ejemplo de este proceso fue que desde el año 1000 se registra por primera vez la destrucción de humedales.

Cuando este proceso de deterioro se desarrollaba, en 1085 Toledo fue reconquistada para la cristiandad por el rey Alfonso VI. Y en las primeras épocas posteriores a la reconquista se estableció un régimen de alta convivencia entre las tres religiones dominantes en España. Favorecida por la corona y las autoridades eclesiásticas eruditos judíos, cristianos y musulmanes intercambiaron conocimientos y tecnología. Lo más conocido es la traducción de obras clásicas griegas y romanas, pero también se intercambió tecnología metalúrgica y se introdujeron nuevos cultivos a la región. Lo más significativo desde el punto de vista del presente fue la introducción de semillas de tréboles desde Medio Oriente a Europa.

La introducción de leguminosas forrajeras fue cambiando el sistema productivo en forma creciente. Se pasó así a un esquema más simplificado, basado en la rotación agricultura/pasturas a base de tréboles. Los bosques fueron perdiendo importancia y paulatinamente fueron concentrándose a las áreas no agrícolas, prácticamente desapareciendo del paisaje agrícola europeo.

La introducción de leguminosas en las pasturas hizo que el nuevo sistema de producción diera un salto en la agricultura por la fijación de nitrógeno atmosférico, mejorando la disponibilidad del nutrientes, y en consecuencia generó una mejora en la dieta animal ganadera.

Pero al cabo de los años, finalmente, este sistema tampoco fue sustentable. A partir del siglo XVII entramos en la agricultura moderna, basada en la investigación, la maquinaria, los agroinsumos y la genética, entre otros aspectos.

El ejemplo europeo muestra que los sistemas de producción agrícola antiguos eran dinámicos, dependieron de factores externos (como el aumento de la población, sobre todo urbana, y su nivel de vida) y sólo fueron sustentables en ciertas condiciones de tiempo y lugar. No existieron sistemas de producción que fueran intrínsecamente sustentables. La agricultura fue cambiando a medida que la población se fue desarrollando y actualmente lo hace en forma exponencial, en cantidad y calidad.

El panorama actual se caracteriza por un crecimiento exponencial de la población, urbanización paulatina y aumento del nivel de vida. La urbanización irreversible de la humanidad se está profundizando: A partir de 2012 se registra más población en las ciudades que en el medio rural. En muchos países están migrando unas 250.000 personas por día a las ciudades y, en pocos años, la población urbana del mundo superará el 70% del total.

Al tiempo que la población mundial crece a paso agigantado, la producción agropecuaria aumenta a una tasa aún mayor. Por ejemplo, la producción global de cereales de este año llegó a 2.532 millones de toneladas, la mayor de la historia. El consumo per cápita de alimentos aumentó notablemente en los últimos años. El promedio de los países en desarrollo era de 2.131 calorías por persona en 1970, por debajo del mínimo de 2.300 calorías. Actualmente es de 2.572 por persona, por encima del límite.

Hay que recordar que mientras los ecosistemas son biogeoquímicamente cerrados y los nutrientes se reciclan, los agrosistemas, en cambio, son abiertos, en menor o mayor magnitud, y los nutrientes extraídos con las cosechas significan una pérdida que excede en órdenes de magnitud a los mecanismos naturales de ingreso al sistema. Además, en los sistemas productivos los procesos de pérdidas naturales suelen magnificarse. Por ello, si no se reponen los nutrientes exportados, los agrosistemas se empobrecen y no son sustentables en el mediano o largo plazo.

Los problemas de sustentabilidad de la agricultura son graves, complejos y crecientes, pero las soluciones a las demandas alimenticias de la población no se arreglan mirando para atrás ni con biosoluciones mágicas.

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